
Algunas reflexiones han quedado a dos días de la finalización de la Euro 2008. Lo primero fue la emoción de ver fútbol diario durante un poquito más de tres semanas. Lo malo es que para un asalariado
latinoamericano como
Zorombático, los partidos eran a las 11.30 y 13.45, justo a la hora de mover y corretear a la chuleta, por lo que me conformé con roer el segundo tiempo del segundo partido del día, que me quedaba justo a la hora de la comida. Favoritos claros no tenía, pero en algún momento pensé que
Croacia podría hacer la chica junto con Turquía. También me gustaba Holanda. Holanda siempre me ha gustado, es como la Selección
Mexicana europea: es el "ya merito", lo ha demostrado desde el mundial de 1974 con la selección de
Cruyff y el llamado "fútbol total". Cuando era
chavalillo en el 74, mi amigo Juan Bernardo y yo jugábamos a ser
Cruyff y
Neeskens; los holandeses eran fascinantes, hasta que perdieron la final contra Alemania. Luego, en el 78, cuando todo parecía indicar que bailarían tango y comerían
bife en Argentina, se los volvieron a merendar los de casa. Total que Holanda no da una, o mas bien, es el mejor segundón. En esta
Eurocopa no fue la excepción.
Quedaban los croatas, los turcos y los griegos; me cayeron gordos los tres. Los croatas por conformistas, los turcos por mal encarados y
pateadores y los griegos por mostrar el
anti-fútbol: partidos de especulación y sin ataque que daban sueño. Algo así como los italianos, que jugaron al estilo de siempre: pasando de
panzaso a la siguiente ronda y apretando al final, pero con un fútbol mustio, encaramado atrás y sin la emoción del ataque frontal.
Pero de todos los equipos, no tan humilde pero sin muchas apuestas a favor, venía España. Los ibéricos, con una tradición perdedora de muchos años, presos del "jugamos como nunca y perdimos como siempre" esta vez la armaron y como dicen los gitanos, se han
llevao el gato al agua. Los españoles, dicen los que saben, concentran en su liga el mejor fútbol del mundo, pero por tradición, desde hace 44 años en que se llevaron una
Eurocopa, no habían vuelto a ganar nada. Ahora, el técnico Aragonés y sus chavales (un equipo de puros jóvenes, menos
Iker) confiaron en ellos, jugaron bien, con talento y corazón, y ahora son campeones. Vencieron a Italia, que como dije ya, se dedicó a especular en el tiempo reglamentario y pasaron a los penales, prueba máxima del arte de la guerra psicológica. Para mi gusto, fue ahí, cuando
Iker Casillas se viste de héroe y deja a
Buffon sin muchos chistes; la selección española dio el pasito que le faltaba para sentirse y ser, a la postre, campeón de Europa.
La mentalidad es todo, y en el deporte los sesos cuentan. Los españoles se despacharon a un equipo acostumbrado a ganar; los alemanes juegan con toda su herencia cultural: con la gallardía de
Wagner y sus
walkirias, y hasta parecen tener las estrategias secretas de
Bismarck. Siempre han jugado así; como un tanque demoledor con motor y cañones que cambian cada cuatro u ocho años y se llaman
Beckenbahuer,
Rumenige,
Matthäus o
Müller, pero esta vez, faltó ajustar a los
Podolsky y a los
Klose.
España ganó porque salió a ganar desde su primer partido y nadie los detuvo. El equipo español fue un matador cañí en la cancha. España es campeón de Europa y eso a mí, me da mucho gusto.
La foto se la robé a Manon, que a su vez también se la robó. Ladrón que roba a ladrón...