
Nunca he creído en los concursos. Tal vez porque en mi profesión son materia de abusos. Quizás porque cuando el objeto de concurso es subjetivo y posee miles de respuestas diferentes igual de válidas, el veredicto recae en un jurado que puede ser falible y parcial.
Corría el año de 1997, trabajaba yo en la hermosa república de Chimalistac, en una agencia de publicidad donde solamente atendíamos laboratorios médicos; hacíamos campañas para Pfizer, Bayer, Abbott. La agencia era una casa, al la vuelta de la Iglesia de Chimalistac, en cuyo atrio yo estacionaba mi auto, casi enfrente de la casa de Elena Poniatowska. A ella la vi muchas veces; en bata un domingo muy temprano un día que salí a a las siete de la mañana después de haber pasado unas treintaisiete horas trabajando; otras veces por las tardes, despidiendo invitados. En la librería Gandhi la encontré muchas veces; al final y por la costumbre ya hasta me saludaba, aunque nunca crucé una palabra con ella. Nunca me inspiró. En ese tiempo todavía no me caía gorda.
En la agencia, un día me tocaba ilustrar una campaña de un medicamento para la hiperplasia prostática benigna, otro, diseñar una monografía médica del elycobacter pílori. Obviamente, al ver mi cara de what, venía el Dr. de la Concha a mi rescate, o de algún otro compañero que pudiera quedar al borde de la catatonia cuando veía su brief. El Dr. De la Concha era (y debe seguir siendo) un personaje increíble: médico, gastroenterólogo, profesor universitario y, escritor. Poseía un bigote de aguamielero que lo podría envidiar el Indio Fernández. Tenía muy mal genio, pero yo le caía bien. De repente, detenía su aporreo loco al teclado de la computadora, se echaba para atrás con los brazos puestos detrás de la nuca y sacando una espectacular panza fabricada a base de diet coke, y me decía: "Miguelito, ¿fuiste al cine?" y en ese momento nos íbamos como hilo de media; media hora, una hora platicando de cine, de su héroe David Lynch, de Yes, de Lou Reed, de hongos y María Sabina, pero sobre todo, de literatura. Gracias al doctor, conocí a Guillermo Cabrera Infante, del cual soy fan irredento, y otras vainas de autores que me decía que leyera, entonces, a la hora de la comida, corría a Gandhi y me gastaba toda la pinchena en libros.
Un día, el doc me dijo casi en secreto: "Miguelito, he terminado mi novela; es una novela pornográfica", y me dio un capítulo, el cual leí con avidez de quien lee lo prohibido en cuanto llegué a mi bucólico departamentito en la Nápoles. Lo releí varias veces pero al final el veredicto fue avasallante: nunca le encontré lo pornográfico.
A los pocos días, el doc llegó con un extraño brillo en los ojos y un recorte del periódico en las manos: era la convocatoria para el primer premio Alfaguara de novela 1998. Concursó con su novela pornográfica. Diariamente construía castillos en el aire con el dinerillo del primer premio: se iría a Europa un año completo, lo tomaría de sabático y se dedicaría a escribir solamente; como compensación y muestra de amistad y compañerismo, nos invitaría unas vacaciones a mí y a la Peña, para que lo fuéramos a visitar.
El concurso fue declarado empate y ganaron Eliseo Alberto con "Caracol Beach" y Sergio Ramírez con "Margarita, está linda la mar". El doc se deprimió y tomó Altruline como dos semanas. Después cambié de trabajo, vine a Cancún y le perdí la pista.
Me he leído casi todos los premios Alfaguara de cada año. Y todos los años, con sus excepciones, pienso que a lo mejor quedó por ahí alguna novela pornográfica de algún autor desconocido y anónimo que el jurado no le prestó importancia; qué casualidad que los ganadores ya tienen novelas pubicadas y hasta prestigio en ciernes. Qué casualidad que haya ganado, precisamente, Elena Poniatowska en el 2001 con un bodrio de novelilla más propia de Corín Tellado; qué casualidad que lo que se publica de los ganadores por Alfaguara después de haber ganado, son obras de poca consistencia.
Las excepciones, para mí, son "Diablo Guardián" de Xavier Velasco, y "Chiquita" de Antonio Orlando Rodríguez.
Confieso que comencé a leerlo con reticencia; los enanos no me van ni me vienen, desconozco su mundo y entorno, es más, nunca he estrechado la mano de ninguno. Los he visto por ahí, de chico en el circo. Al único que recuerdo es al enano Tun Tun, creo que ya la palmó, fue un enano famoso del cine nacional, pero hasta ahí. Lo que más me ha gustado de "Chiquita" es el recurso literario; el autor ha escrito una obra la cual desborda inventiva, imaginación, lucidez y mucha investigación. Por lo que se puede leer en el epílogo, le tomó cinco años escribirla, logrando una novela de más de quinientas páginas sumamente entretenidas: la novela te involucra en la Cuba de las postrimerías del siglo XVIII, en la Rusia zarista, en el Nueva York de principios del siglo XX, tiene cowboys y a Búfalo Bill, aparece Sarah Bernhardt y ¡hasta un pejelagarto! Además de otras cosas como un conciliábulo de enanos que quiere dominar al mundo. Una novela sumamente recomendable, sin caer en una biografía aburrida de una enanilla de la cual, la historia la registra como una escasa curiosidad.
Al final, Antonio Orlando dice algo que me encantó: "soy novelista, es decir un mentiroso profesional" y denota que el señor tiene cancha y que ya sabe de qué lado masca el manjuarí.
Si algún visionario lee la novela, no dudará en llevarla al cine pronto; es muy cinematográfica. Me imagino la maravilla que puede ser "Chiquita" en manos de Tim Burton, por ejemplo.
Pero por lo pronto, Espiridiona Cenda se quedará observando muy coqueta el Hudson, a través del espejo, mientras otros investigan en novelas pornográficas.