
Macondo es un pueblo imaginario fruto de la imaginación de un escritor costeño, que en realidad nació en otro Macondo que se llama Aracataca. "Macondo era entonces una aldea con veinte casas de barro y caña brava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas..." dice el escritor costeño. Me pregunto si ese Macondo primigenio sería lo que hoy es Montería, Barranquilla o Pueblo Nuevo.
Un día el Doctó me dijo muy enojado que el premio Nobel de García Márquez no se justificaba: "él [García Márquez] sólo escribió las vainas que le contaron... eso é puro cuento costeño, pero él lo escribió. Cualquié costeño lo pudo escribí" sentenció.
Algo tiene de razón mi padre, no toda pero algo: los costeños son maestros del cuento, por algo pasan la tarde recibiendo el fresco en el porche de sus casas, charlando con sus vecinos y amigos. Mi propio padre tiene cuentos que atesoro desde niño y que entusiasmaban a mi abuela materna, su suegra. Mi agüelita no podía creer que el esposo de su hija contara de diablos que se aparecían en los potreros de su finca echando fuego azul por la bemba y de sandías del tamaño de un volkswagen. Lo interesante es que todo el mundo le ponía atención y disfrutaba de la crónica de contexto tan montaraz como inverosímil.
Algo tiene de razón mi padre cuando noto y confirmo, a pesar del paso del tiempo; Pueblo Nuevo, la aldea de veinte casas de barro y caña brava, donde nació mi progenitor en 1937 transita por el estadio de Macondo; ya no cabalgan caballos por sus calles como cuando el Doctó era niño, ni bicicletas como cuando estuve por primera vez, ahora predominan las motos. Pero Pueblo Nuevo continúa con su gallera, su plaza, su iglesia y su cementerio. Sus ficus en lugar de almendros, sus chismes y sus historias. Ya no es una aldea, es un pueblo de más de 40 mil habitantes donde se sigue bailando fandango en la plaza mayor en fechas importantes.
Ahora hay internet, dish y mensajitos por celular; sin embargo los fantasmas de los Arcadios, los Aurelianos, las Úrsulas y las Amarantas transitan libremente disfrazados de Migueles, Calixtas, Antonios y Dioselinas. Transitan amores imposibles y mariposas amarillas, y seguramente, en algún traspatio, alguien todavía funde pescaditos de oro.