
Yo no se por qué o en qué momento se me metió en la cabeza, desde que tenía como veinticinco años, que cuando fuera un señor respetable de cuarenta, jugaría golf. No hay plazo que no se venza ni fecha que no se cumpla; a pocos meses después de cumplir cuarenta, aún sin ser un señor respetable (creo que sí soy señor, pero nadie me respeta) salí al campo por primera vez, así, casualmente. Desde entonces, me le escapo cada domingo o cada vez que puedo a mi consorte, así, casualmente, a buscar a la flaca y a pegarle a la cacariza.
La flaca es la banderita que pende de un asta de unos dos metros de altura y es a la que hay que llegar, golpeando a una bolita blanca y cacariza, las menos veces posibles para evitar pagar los rones, los güiskis, las cervezas o cualquier otra infusión de octanaje variable que suelen beber los compañeros de juego. De hecho, existe la maravillosa anécdota (vox populi, vox dei) de que se juegan dieciocho hoyos porque son dieciocho las porciones que se le sacan a una botella de scotch. Cuando lo supe, más me gustó el jueguito. Y es que ¿a quién no le va a gustar saltar a la cancha de su deporte acompañado de su bebida favorita? Mucho tiempo practique ciclismo organizado, pero era tan organizado que jamás pude poner en mis botellas más que agua o algún menjurje a base de agua de panela y naranja agria que el Doctó aseguraba que era el secreto milenario para emular los escarabajos colombianos: "te lo juro que es veldá, mijito, esto lo toma Lucho Herrera antes de entrená" y me ponía mis dos botellotas en la bici sin dar más tiempo para mi protesta. Los tiempos cambian y ahora me subo a mi carrito de golf con la bebida que apetezca según la hora en que comience el juego; un buen amigo siempre decía que para el segundo hoyo ya debía estar "calibrado" por lo menos con un trago. Otro más, no sale ni por error al campo si no lo acompaña una botella clandestina de "Juanito Caminador" y pensándolo un poco, a lo mejor el tal Johnnie Walker fue el de la idea de aventarse un trago por hoyo. Otro más –no digo nombres porque me lo castigan– junto al putter guarda una botella de tequila, para jugar rondas muy mexicanas.
Pero me estoy desviando un poco por el cauce etílico, cuando este camino es para los ya iniciados, mas no para los novatos: no es fácil pegarle a una pelotita blanca y cacariza de poco más de cuatro centímetros de diámetro, y menos fácil pegarle bien.
Sin embargo, algo tienen la flaca y la cacariza que cautivan a la mayoría de los que pasan un primer día en el campo y adoptan, inmediatamente a este deporte como su consentido. A mí me pasó y todavía no se qué es, no he podido averiguar si es la ambición de querer tirar menos que la ronda pasada, la lujuria como dice mi amigo Eulogio, o simplemente descansar y no pensar en nada más que en cómo hacer volar a la cacariza hasta su encuentro con la flaca.
El golf tiene sus recovecos, es diferente a los demás juegos, parece que es un deporte para viejitos pero requiere mucha condición física, tanto en climas tropicales como en los que no: los irlandeses dicen "el golf se puede jugar hasta cuando está soleado", se requiere mucha concentración y habilidad para sortear las intenciones para desconcentrar por parte de los compañeros, y sobre todo, el golf es un juego íntimo: si haces trampa, te la estás haciendo a ti mismo, en dieciocho hoyos solo tú tocas tu bola, solo tú sabes qué pasa en esa mar verde y solo tú puedes sortear las tormentas que sucederán durante esas horas: habrá momentos en que querrás tirar los palos en el primer lago que te encuentres, pero también habrá golpes y hoyos que atesorarás por siempre; así es el golf, es como la vida: solo uno la vive y solo uno la soluciona y le da cauce.
En el Hilton, donde me gusta jugar mucho porque ahí he logrado mis mejores scores, habitan algunos cocodrilos trasnochados que salen temprano a asolearse, el de la foto es el hijo de Pancho, es el pequeño, porque Pancho mide casi cinco metros. Ya nos es cotidiano verlos, forman parte del paisaje, es otra de las maravillas del jueguito, ver animales como este y pajarracos increíbles, coatís, osos hormigueros y a veces y en algunos campos, hasta venados y ocelotes.
Esta semana se lleva a cabo el Mayakoba Golf Classic en la Riviera Maya, es el único torneo de la PGA que se juega en México. Por motivos de trabajo lo cubriré enterito con gafete all access; les estaré contando. Estoy feliz.