
Después de una fractura en el dedo anular izquierdo, una visita al hospital con un choque anafiláctico, incontables magulladuras, raspones y el dedo meñique de la mano derecha irremediablemente chueco, decidí despedirme de las canchas el sábado pasado.
Siempre me han gustado las despedidas; hay algo de dramatismo en ello, siempre. Detesto a la gente mal educada que hace mutis en las fiestas y escapa de la reunión sin decir adiós. Tal vez me molesta no despedirme de algo porque no se cierra un círculo, porque no se termina con el ciclo.
Los cuatro asiduos a este bló saben que el fútbol ha estado negado para mí desde que era un chavalillo imberbe. Dicen que eso del deporte de las patadas se hereda, entonces por ahí está el culpable: el Doctó era malísimo para el fut, lo único que jugó fue béisbol y eso me consta que sí era más que regular: jugaba en una liga de la Colonia Portales cuando era estudiante de quinto año de medicina y ya se había casado con mi madre. Al parecer lo que mejor jugaba eran los extra-innings, porque él y su novena "blanqueaban" las cervezas al final de cada encuentro.
Para el béisbol tampoco pude lucir mi herencia de bateador designado; mis hermanas tenían prioridad para ir al ballet antes de que yo pudiera lanzar algun eslaider. Ellas estudiaban con Sonia Amelio, lo que a mí me tocó fue ir a Cuemanco en bicicleta, a entrenar de timonel en un squiff de 4, bajo las órdenes y los gritos de Oswaldo Sanasi, el capitán-director-contramaestre del equipo UPICSA de remo. Sanasi era un argentino enorme de barbas alocadas que tenía cara de malo y apariencia peor. Entre él y su asistente, el "Guacho" Rodríguez, me enseñaron todo el lunfardo que se. Cuando yo llegaba al hangar donde guardaban las embarcaciones se armaba una algarabía y Sanasi le decía al Guacho "mirá morocho, que sha shegó el Petiso, ponele un par de plomos y sacálo a entrenar con los otros cuatro boludos". Yo era el más feliz, hasta que me dio por voltear la embarcación cuatro veces seguidas. Dejé de ser timonel, nunca llegué a remero; inició entonces, después de un bonito debut en las prístinas aguas del canal de Cuemanco, en Xochimilco, mi faceta como nadador.
En la secundaria nadé y nadé, y en la preparatoria me dediqué a rodar en bicicleta hasta que terminé la carrera... la carera universitaria, porque las de ruta, pocas veces las terminaba. Sin embargo, nunca perdí la esperanza de jugar al fútbol organizadamente alguna vez; es decir en un equipo, con uniforme igualito, zapatos con tachones, espinilleras para solventar las patadas y un árbitro con cara de juez de registro civil, de cabellera engominada y tarjetas rojas y amarillas en la bolsa trasera muy cerca del... corazón. Desde niño me limité a ser "jugador de sillón", salvo las "cascaritas" que jugábamos en la calle Juan Bernardo (en el papel de Franz Beckenbauer) Luis Ángel (como "el Mago Ardiles") y este zorombático que siempre quiso ser Johan Cruyff.
Pero a cada santo le llega su fiestecita y debuté a los cuarentaidós; mis espinilleras y tachones fueron compradas para la ocasión y el árbitro estaba por demás feo; además solo traía Visa y Mastercard, porque las otras nunca las sacó. Lo increíble fue que este zorombático, apuntalado por los años, salió de arquero –parafraseando a Sanasi–; la posición más bonita y más difícil de cualquier equipo de fútbol. El portero, arquero, guardameta, cancerbero o como usted quiera llamarle, es la posición más ingrata del equipo, la más sola y la más vulnerable. En tres torneos sentí lo que es estar en un equipo de temerarios; los Torpedos y yo fuimos uno mismo y fuimos subcampeones y campeones, hasta este sábado, que los dejé encarriladitos para que ganen su segundo campeonato al hilo. Yo me bajo en Atocha, aquí me quedo, me retiro a mi sillón favorito a ver a mis Pumas lograr un campeonato más; he cerrado el círculo, lo que no puede hacer en el Instituto México en 1976 lo he hecho en Cancún en el 2009. Me voy feliz a jugar deportes con menor índice de lesiones como el tenis, el golf y los bolos, que dejen a mi Consorte más tranquila y sin un rosario en las manos y me quedo con las palabras de Albert Camus, premio Nobel de literatura 1957:
"Nada me enseñó más en la vida que haber sido portero de fútbol".