viernes, 9 de octubre de 2009

Coneja de pelo azul


Las portadas de Playboy siempre han sido perturbadoras. O debo decir... ¿más turbadoras?
Cuando era un escolar, el doctó solía recogerme a la salida del Instituto México, la escuela primaria que me dio lustre social, justo en una esquina donde había un perturbador kiosco de revistas que un día de principios de curso, desplegaba a Miss Septiembre; una trigueña cuarto de milla, ojiverde, boquipecadora, con una caja torácica de antología sometida por una camiseta mojada que apenas cubría las partes más pudentas de su gentil anatomía. Ahí estaba yo, frente a esa publicación, zorombático y jadeante, esperando a mi papá que llevaba diez minutos de retraso y yo diez minutos de no quitarle la pupila de encima a la boquipecadora.
Las portadas de Playboy lo dicen todo; mujeres hermosas e insinuantes que son la mejor apertura a una publicación fina y elegante, que contrariamente a lo que algunas mentes mojigatas piensan, el contenido mantiene un alto nivel intelectual en cuanto a entrevistas y contenido editorial de calidad. Playboy utiliza elegantes fotos de desnudos clasificadas como material para adultos, sin embargo la publicación ha alcanzado fama con sus artículos y entrevistas entre las cuales destacan las de Fidel Castro, Malcolm X, Bertrand Russell, Salvador Dalí, Martin Luther King Jr., Jean-Paul Sartre, George Wallace, Cassius Clay (Muhammed Ali), Pelé, Orson Welles, Ralph Nader, Arthur C. Clarke, Yasser Arafat, Stephen Hawking, Shintaro Ishihara, Carl Sagan y John Lennon entre otros, lo cual permite un gag cotidiano el decir "yo leo Playboy sólo por sus artículos"... si, claro...
Lo que no termina de quedarme claro es ¿qué diablos hace ahí, en el lugar de honor, Marge Simpson? Es maravilloso cómo los tiempos cambian y un dibujo de una mujer que representa el working class norteamericano aparezca en la portada de una de las revistas para caballeros más emblemáticas del mundo; un dibujo de la matriarca de la familia americana prototipo del fin del siglo XX que trascendió al XXI; la mamá de un chico amarillo subnormal y mujer de un estúpido que a la vez es un tipo divertidísimo. La familia Simpson, al final, es una radiografía de la sociedad gringa promedio, que permea a las ya globalizadas sociedades clase media que aún quedan en latinoamérica.
Sin embargo, insisto: esa portada, ese puesto de honor, debería ser para Jessica Rabbit. Oh sí.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Seres imposibles


Imagine que tiene 35 años y es hombre (aunque usted sea lectora, piense que es lector); tiene cinco hijos y está casado con una danesa alta, rubia y vikinga; exigente, como cualquier rubia y brava como cualquier vikinga. Una posición sólida: es usted corredor de bolsa (antes de Lehman Brothers). Gana bien, vive bien, no le falta nada. Bueno, sí. Sí le falta. Lo descubre cuando comienza a reunirse y a tener amistad con artistas, con pintores bohemios.
Siga imaginando y aterrice en 1883, en París. Usted es compadre de pintores como Pissarro y Degas y se lleva de piquete de ombligo con ellos. En una de esas, el buen Camille Pisarro, su compadrito ya, le dice a usted "mi estimado, ¿por qué no pintas?"
Sí, imagina bien: usted es Paul Gauguin.
El resto de la historia ya no lo tiene que imaginar, Gauguin fue uno de los más sufridos, locos y maravillosos pintores de todos los tiempos; post-impresionista, mandó a volar a la vikinga y sus cinco hijos, también a Paris y Europa toda, quiso volverse salvaje y se marchó a Tahití, que en esa época quedaba a 3 meses en barco desde Marsella.
Koke, el francés loco que así llamaban los tahitianos, tuvo una abuela que murió cuatro años antes de que naciera su nieto. Se llamó Flora Tristán, y fue anarquista, socialista, protocomunista y fundadora del feminismo moderno. Además fue hija de un coronel peruano y pasó un tiempo en Arequipa, Perú; ahí se gestó su futuro como escritora e ideóloga.
Mario Vargas Llosa nació en Arequipa, en 1936 bajo el influjo de aries (igual que yo: nació cuatro días después del 24 de marzo).

Al Señor Vargas Llosa lo he tenido siempre en alta estima y lo he leído desde que constaté mi fascinación por las letras desde muy pequeñito: comenzando por la sopa y terminando en los libros. Cuando este zorombático iba en sexto de primaria, temía ir a los vestidores del colegio por temor de que le pasara lo que al personaje de "Los Cachorros". Me volví fan de su literatura ágil y divertida que contrastaba con la de Gabo; Vargas Llosa fue un divertimento absoluto con "Pantaleón y las visitadoras" y un deleite cuando leí "La tía Julia y el escribidor". Confieso que me falta "Conversaciones en La Catedral" pero lo compensé con "Elogio de la madrastra".
"El paraíso en la otra esquina" (Alfaguara, 2003) lo tenía arrumbado y sin descelofanear en lo más recóndito de uno de mis libreros. Fue en Sincelejo que mi amigo Rubén Villalba, a quien no veía desde hacía 40 años, me recordó que había que leerlo.
Lo mejor del libro para mí fue imaginar los recursos del escritor durante la hechura del libro: primero la idea: descubrir que hubo una mujer francesa que estuvo en su pueblo natal; luego hilar a esa mujer con la historia y con la vida de un pintor exótico de finales del siglo XIX que resultó ser su nieto; y finalmente, investigar todos los recovecos para llegar a la biografía novelada de dos personajes que buscaron, cada uno a su modo, un ideal; su propia utopía. La biografía de dos seres imposibles.
Tenía tiempo de no leer a Vargas Llosa; había abandonado a los grandes lationoamericanos. Lo único que no me gustó del libro fue la horrenda cubierta de la edición de Alfaguara ¿por qué no contratan a un diseñador que por lo menos lea el libro?.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Stockholm Show


1973
Era verano en Estocolmo. Birgitta Sorensen acudió al banco Kreditbanken a efectuar un depósito. Ella era secretaria de una firma de abogados en la ciudad y habitualmente acudía a esa sucursal, situada muy cerca de su oficina y en pleno centro de la ciudad, en la calle Hötorget, a media cuadra del Konserthuset, donde tomaba clases de violonchelo al terminar las labores de la oficina. Birgitta era una valquiria rubia de l.89 metros de estatura; tenía ojos azules como sus tres hermanas, su madre y su abuela, pero los suyos contenían el frío de los fiordos cuando miraba. Tenía 24 años y estaba comprometida con Ake Dahlberg, un joven y exitoso corredor de bolsa un par de años mayor que ella, con quien casaría a principios de noviembre, teniendo así pretexto para visitar las Antillas y permanecer ahí tres semanas, conociendo los interludios del amor y el matrimonio en un ambiente de treintaidós grados centígrados promedio.
Cuando entró a la sucursal del Kreditbanken, Birgitta iba pensando en comprar brea saliendo de ahí para mejorar la tracción del arco de su violonchelo. No se dio cuenta de que detrás de ella entraban también los tres sujetos que en cuestión de un minuto amagaron al único policía bancario que estaba armado con un tolete de madera de arce, de fabricación canadiense, para robar el banco; acto que debía durar un par de minutos. O así les dijeron. Así estaba planeado.
Las cosas se complicaron; el subgerente alcanzó a llamar a la policía por medio de un timbre de seguridad debajo de su escritorio mientras el gerente perdía tiempo deliberadamente intentando abrir la bóveda; todas esas escenas de Butch Cassidy que Birgitta tenía frescas pues las había visto en el cine, con su novio, una semana antes. El robo se convirtió en secuestro; cuando la valquiria rubia se dio cuenta de que su axila izquierda comenzaba a tener un hedor poco usual, cayó en cuenta de que llevaba más de doce horas dentro de la sucursal. Al principio había sudado copiosamente, al grado de pensar que expelía sangre debido al nivel de la situación. No era una mujer temeraria pero sí valiente. No lloraba por nimiedades. Procuraba no llorar nunca y evocaba la frialdad de los fiordos en sus ojos; sin embargo, en situaciones de estrés, solía sudar como si deambulara por los trópicos. Fue entonces cuando se acercó por primera vez Marc, uno de los tres asaltantes, y le dijo en un sueco afrancesado algo acerca de sus ojos que la hizo reír. Él dejó ver una sonrisa franca, como cuando uno se enamora por primera vez.
A partir de ese momento, ella no volvió a sudar más de lo normal en los siguientes días que duró el secuestro. Marc y sus secuaces procuraron comida y bebida a los rehenes; Birgie, como la llamó el secuestrador, fue premiada con un roll-on exclusivo para su aseo personal. Las negociaciones se llevaron a cabo desde el teléfono del gerente, quien colaboró con los secuestradores como si asistiera a una junta de consejo. En esos días de ocio, conversaban acerca de sus vidas y sus familias, comían pizza y sándwiches de salmón y hasta llegaron a tomar un trago de vodka, que Marc repartió entre los rehenes. Una noche, Birgie soñaba que era perseguida por un monstruo mitad oso, mitad diablo, mientras ella corría desnuda entre los abetos de un bosque. Marc le acercó una manta y le tapó los pies que estaban fuera del sillón; ella despertó y se dejó acariciar la cara tiernamente por el delincuente. En ese momento olvidó que estaba comprometida con Ake; olvidó sus planes futuros y olvidó también su violonchelo. Dejó que el secuestrador se confiara en sus caricias y cuando lo tuvo a tiro, le plantó un beso en la boca, largo, bello y pegajoso que quedó registrado en una de las cámaras de vídeo de la sucursal.
Al sexto día, Marc y sus secuaces se rindieron. Todos los rehenes fueron liberados. Todos ellos, encabezados por Birgitta, se negaron a declarar en el proceso posterior a los delincuentes.
Birgitta se casó con Ake en una ceremonia protestante en una playa de la Martinica en noviembre de ese mismo año. Se divorciaron dos años después. Ella volvió a casarse cinco años después con un exconvicto regenerado. Escribió una novela que llamó “Stockholm syndrome” con poco éxito en las librerías.

2009
Era la sexta mañana que despertaba en el Hotel Coti, en la Avenida Uxmal del centro de Cancún. Sudaba copiosamente mientras defecaba en el excusado, donde no llegaba el aire del ventilador del cuarto. Para hacer más rápido el trance se concentró en el boleto de avión de Aeroméxico, vuelo 508 Cun-Mx, y cuando vio la fecha notó algo raro: tantos nueves no eran más que una señal de Jehová. Volteó el papel y encontró la señal: seis, seis, seis; el número de la Bestia.
Había que hacer algo rápido; Jehová se lo decía, se lo estaba diciendo cuando compró las latas de jumex en el Oxxo de la esquina y los foquitos rojos, naranjas y violetas que encontró en la ferretería El Candado a la vuelta del hotel. Camino al aeropuerto ya tenía redactado y repasado mentalmente el pliego petitorio al Presidente Calderón; no sería propiamente una petición, sino una exigencia: México corre peligro hoy, Señor Presidente, se lo digo ante este centenar de mujeres reporteras que nos acompañan, Señor Presidente, como muestra de que la mujer es el conducto de alma pura hasta Jehová, hoy Señor Presidente, noveno día del noveno mes del noveno año, el demonio se hará presente aquí; yo vine a prevenirlo Señor Presidente, por eso dimos siete vueltas a la Ciudad de México a veinte mil pies de altura, Señor Presidente, para a conjurar el mal, porque Jehová y sus ejércitos salvarán a su país, Señor Presidente, que también es mío.
Pasó los controles de seguridad del aeropuerto sin ningún contratiempo. Bebió uno de los jugos jumex con calma y tiró el contenido de los otros tres en el baño de la sala A. En el retrete armó los artefactos con cinta plateada y una calculadora que le regaló su esposa en su último cumpleaños. Los foquitos rojos, naranjas y violetas centelleaban bien bonito; no había duda, Jehová estaba con él.
Todo sucedió tan rápido que las siete vueltas sobre la ciudad pasaron a segundo término, las mujeres reporteras nunca aparecieron y conversar con el Señor Presidente quedó para otro día. Cuando se dio cuenta, los policías tipo SWAT lo tenían encañonado por todos lados con sus armas negras.
Este viernes, después de las averiguaciones previas, va camino al Reclusorio Oriente a bordo de una suburban blanca, acusado de terrorismo, secuestro, interferencia en vías federales de comunicación y lo que resulte; rodeado de dos encapuchados de armas largas y negras. Va cantando loas a Jehová.

lunes, 17 de agosto de 2009

Pescaditos de oro (Parte VI y última)


Macondo es un pueblo imaginario fruto de la imaginación de un escritor costeño, que en realidad nació en otro Macondo que se llama Aracataca. "Macondo era entonces una aldea con veinte casas de barro y caña brava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas..." dice el escritor costeño. Me pregunto si ese Macondo primigenio sería lo que hoy es Montería, Barranquilla o Pueblo Nuevo.
Un día el Doctó me dijo muy enojado que el premio Nobel de García Márquez no se justificaba: "él [García Márquez] sólo escribió las vainas que le contaron... eso é puro cuento costeño, pero él lo escribió. Cualquié costeño lo pudo escribí" sentenció.
Algo tiene de razón mi padre, no toda pero algo: los costeños son maestros del cuento, por algo pasan la tarde recibiendo el fresco en el porche de sus casas, charlando con sus vecinos y amigos. Mi propio padre tiene cuentos que atesoro desde niño y que entusiasmaban a mi abuela materna, su suegra. Mi agüelita no podía creer que el esposo de su hija contara de diablos que se aparecían en los potreros de su finca echando fuego azul por la bemba y de sandías del tamaño de un volkswagen. Lo interesante es que todo el mundo le ponía atención y disfrutaba de la crónica de contexto tan montaraz como inverosímil.
Algo tiene de razón mi padre cuando noto y confirmo, a pesar del paso del tiempo; Pueblo Nuevo, la aldea de veinte casas de barro y caña brava, donde nació mi progenitor en 1937 transita por el estadio de Macondo; ya no cabalgan caballos por sus calles como cuando el Doctó era niño, ni bicicletas como cuando estuve por primera vez, ahora predominan las motos. Pero Pueblo Nuevo continúa con su gallera, su plaza, su iglesia y su cementerio. Sus ficus en lugar de almendros, sus chismes y sus historias. Ya no es una aldea, es un pueblo de más de 40 mil habitantes donde se sigue bailando fandango en la plaza mayor en fechas importantes.
Ahora hay internet, dish y mensajitos por celular; sin embargo los fantasmas de los Arcadios, los Aurelianos, las Úrsulas y las Amarantas transitan libremente disfrazados de Migueles, Calixtas, Antonios y Dioselinas. Transitan amores imposibles y mariposas amarillas, y seguramente, en algún traspatio, alguien todavía funde pescaditos de oro.

domingo, 16 de agosto de 2009

Más Devaneos (Parte V)


Hay un lugar, a unos 60 kilómetros al sur de Pueblo Nuevo, en que vive Juancho, este hipopótamo que se alimenta de zanahorias.

El lugar se es el Zooparque Los Caimanes, donde se crían las "babillas" o caimanes locales y es un zoo-parque que conserva fauna local y otras especies rescatadas de zoológicos y otras narco-colecciones. Las cigüeñas de arriba llegaron solas y están totalmente libres.

Este es un cebrallo: cruza de un caballo con una cebra, o yegua con cebro, a saber. Y la foto tiene algo de Magrite. Sin querer.

Una avestruz. En Colombia todavía no se comercializan sus productos como en México. Sólo se exhiben como animales de ornato. Su carne es deliciosa y baja en colesterol.

Ganado costeño. Esta vaca resultó la top model que estaba esperando; vean que hermosa está... esa mirada lánguida lo dice todo.

Esta es la lora de mi Tía Sonia en Pueblo Nuevo. Sólo le falta hablar latín. Se llama Ana.

Un arcángel en el cementerio de Pueblo Nuevo custodiado por un pajarito. ¿O será al revés?

Definitivamente, algunos costeños escriben como hablan... Jeremías, tu no has mueto!
No, pus no.

Niéguenme que esto no es una joya... Descanse en paz Mr. Nixon, quien iba a decir que lo iba a encontrar por acá.

Me encantó el cementerio de Pueblo Nuevo.

domingo, 9 de agosto de 2009

Devaneos Costeños (Parte IV)


Hace mucho, en alguna de las parrandas que el Doctó daba en casa, escuché una muy sesuda definición del comportamiento del costeño: "Cuando es a comé, es a comé. Cuando es a tomá, es a tomá. Cuando es a bailá, es a bailá... Pero cuando es a peliá, ¡es a corré!".

Comencemos por la comida. Éste es un desayuno típico de la Costa Caribe: arepa de huevo (el huevo va revuelto adentro de la arepa), bollo, chicharrones de puerco y yuca.


La yuca puede ser "espichaá" (aplastada) con suero. Así la come mi querida prima Nana. Este plato es un tanto frugal; faltan las carimañolas y los infaltables patacones. El lugar donde lo comí se llama "Narcobollos", tal vez el mejor y más típico restaurante de comida costeña.

El pescado es otro ingrediente de la comida. Estos son unos bagres pescados por la mañana en el río San Jorge. Se cortan en postas y se fríen en aceite. Sólo eso. Prácticamente no tienen espinas. Los bagres llegan a medir entre uno y metro y medio. El Doctó afirma que cuando él los pescaba llegó a atrapar uno de dos metros. Eso dice.

Pero lo que realmente enloquece al costeño es el sancocho de gallina; un caldo con yuca, plátano, verduras y... gallina. Delicioso.

La Costa, en especial los departamentos de Córdoba y Sucre, son altamente ganaderos. Mucha carne y leche costeña abastece el interior colombiano y Venezuela.

En algunas fincas se ven pastar búfalos de agua; se adaptan bien a terrenos inundados, son dóciles y dan una leche muy rica en grasas.

Últimamente han proliferado las motos en todas las ciudades y pueblos costeños. Circular en Sincelejo es un verdadero desafío. También existen las taxi-motos, motos de alquiler que lo llevan a cualquier parte...

Y con cualquier tipo de carga.
Ahora que si lo que busca es comodidad, el "bus" es lo suyo.

SOTRACOR (Sociedad de Transportes de Córdoba) da servicio entre todas las comunidades costeñas. Alguna vez, algún primo me dijo que en realidad SOTRACOR significaba "Sólo Transportaos Corronchos". El corroncho es aquel que no tiene mundo ni clase, es el equivalente costeño del "naco" mexicano.

Otro protagonista importante de la vida costeña son las burritas; muy queridas y apreciadas por los muchachos que despiertan a la vida y a los instintos carnales. Hay un viejo chiste que dice que nunca ha habido un presidente costeño, ya que la primera dama tendría que ser una burra.

De cualquier modo, ya están en el imaginario popular de la cultura costeña, como lo constatan estas soberbias piezas de artesanía que encontré en el mercado de Montería.

jueves, 6 de agosto de 2009

El Sitio de Morgan (Parte III)


Cuando era niño no me gustaba la carne de res. A mis hermanas tampoco. El Doctó siempre se enojaba cuando mi madre reclamaba que no comíamos. El Doctó tenía siempre una sentencia infalible: "¿Qué harían utedes en una guerra?" espetaba, "Cuando el Pirata Morgan sitió Cartagena de Indias sólo había ratas pa'comé... ¡y se las tuvieron que comé! ¡Así que come! ¿O cuál es la vaina?".
El Doctó siempre ha tenido una pedagogía sui generis.

Muchos años después, un domingo por la mañana, llegamos a Cartagena de Indias. Rodrigo Bastidas la bautizó así en 1502 porque la bahía le pareció tan cerrada que le recordó a la Cartagena andaluza.


De hecho, la ciudad vieja de Cartagena es un intenso recuerdo andaluz. La ciudad con once kilómetros de muralla aguantó los embates de Francis Drake, Lucien Leclerq y Henry John Morgan. En marzo de 1741 la ciudad fue sitiada por las tropas del almirante inglés Edward Vernon, que arribó con una escuadra de 186 navíos y 23,600 hombres (la flota más grande reunida hasta entonces y que no sería superada hasta el Desembarco de Normandía).
El Doctó tenía razón con aquello de la comida.


Lo que hacía tan especial a Cartagena era que de ese puerto salía todo el oro de Sudamérica a España, además de que era el centro distribuidor de esclavos más importante; se calcula que en la construcción de la muralla participaron más de 200 mil esclavos africanos.


Esta hermosa negra vendía artesanía en plata. Accedió gustosa a que le tomara fotos y al final nos decía "Blanco, cómprame una joyita, pero no pa'la esposa, llévale a la novia o a la amante, a la que te hace gozá".


Ahora que si lo que usted busca son esmeraldas, ha llegado al lugar correcto; Don Luis Caballero tiene un próspero taller y fábrica de joyas donde podrá encontrar ese souvenir para... quien usted guste. Esmeraldas de todos tamaños y precios, joyas de todo tipo y si no hay nada de su agrado, Don Luis la fabrica y se la envía. Es un gran anfitrión.


Para esas hora ya comenzaba a dar sed. La Plaza de Santo Domingo es tal vez, mi lugar favorito en la ciudad antigua. Decidimos tomarla como base de operaciones; tenía lo indispensable: cerveza, baños, sombra y mucho ambiente.


Además ahí vive esta maravillosa Gorda de Botero.


Justo enfrente de la Iglesia de San Pedro Mártir.


Pero la ciudad va contando cosas conforme se le va explorando. Como lo que vivían Florentino Ariza y Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.


Tal vez por estas calles, hace un siglo, caminaron esos personajes imaginarios.


Pero ciertamente, la ciudad es inspiradora para contar historias de amor y pasión.


Caía la tarde y caminamos fotografiando los balcones de Cartagena.


Los hay de todo tipo. Inclusive algunos están en espera de restauración.


Pero el Doctó ya estaba en otra cosa...


Ya no le interesaba ver balcones.


Yo seguía absorto en la ciudad, metiéndome por donde veía incidencias interesantes, como este escultor, Carlos Restrepo, quien estaba tallando una sirena magnífica.


Al final, volvimos a la Plaza de Santo Domingo. Ya era de noche y comenzó la rumba. Tomamos un par de cervezas más disfrutando del ambiente y de la hospitalidad de los cartageneros. Terminaba nuestro sitio de un día completo en la antigua ciudad amurallada.

Voy a regresar pronto. Lo juro.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Barranquilla o el vallenato (Parte II)


Barranquilla es la puerta de entrada a la Costa Colombiana. El río Magdalena, el más grande de Colombia desemboca ahí; tal vez por esa razón la vieja copla currambera dice "se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla".
Después de una desmañanada bárbara y un infausto viaje vía Panamá, llegamos a la Costa Atlántica al medio día. Yo no se que tengo; los aduaneros se dan vuelo conmigo, como que les encanto o probablemente tengo tipo sospechoso. Irremediablemente soy el que tiene que abrir la maleta, explicar qué hace para ganarse el pan, que no pertenece a ninguna corriente política ni es vecino de Lucía Morett y que no tiene vínculo alguno con el tráfico de sustancias ni resorteras para las FARC. La culpa la tuvo la Consorte por empacar de modo sospechoso mis pantunflas y mi piyama de rayitas. Tal vez sin querer, urdió un complot en mi contra.
Salvado este obstáculo, nos adentramos a Barranquilla, pero la visita era social y teníamos una invitación a casa de un buen amigo del Doctó.
El Doctor Chacón y su familia nos recibió como si fuéramos reyes aztecas. Hubo cabrito para comer, pero no el clásico chivo de Monterrey, sino un pescado típico de la Costa Colombiana que se llama “bocachico”. Este se rellena con verduras y luego se cocina a las brasas. Es delicioso y se acompaña con todas las delicias típicas de la Costa: arroz con “pegaíto”, yuca, patacones, suero, arepas y bollos.
Después de tan suculenta comida, quedé boqueando como “bocachico”. Pero venía la sorpresa: sin anuncio previo, apareció un acordeón y comenzó la parranda. Los costeños son así; a la menor provocación inician la fiesta. Comenzó la música de acordeón, me relajé y empecé a sentir Colombia, la tierra de mi padre y de alguna manera, mi otra tierra.
Colombia y la Costa no serían como son si no existiera el vallenato, este género autóctono de Valledupar en que con un acordeón diatónico, una caja, una guacharaca y la voz del cantante, se crea una melodía contagiosa, bailable y la mayoría de las veces hermosa y honda.
La música vallenata refleja como una radiografía cultural al costeño. El vallenato siempre cuenta una historia como lo hacen los habitantes de la Costa Caribe cuando salen al porche de sus casas a recibir el fresco de la tarde. No he conocido aún a un costeño triste o taciturno; todos, sin excepción, son alegres y bullangueros, justo como lo es su música.
Cuentan los que saben que Francisco "El Hombre", cuyo verdadero nombre era Francisco Moscote, era un “mensajero” que hacía la ruta entre los pueblos de las sabanas del Cesar y La Guajira a lomo de burro, hace muchos años, llevando noticias y recados a todos los pueblos de la región. Era un juglar noticioso armado de su acordeón. Gabriel García Márquez hace muchas referencias de él en varias de sus novelas, sobretodo porque, cuenta la leyenda, Moscote desafió al mismo Diablo con sus coplas vallenatas, venciéndole. Los costeños, para algunas cosas, son irreductibles vencedores.


Ismael Rudas es un vallenato retirado, ahora es productor musical y solo toca en parrandas privadas como ésta. Nos comentó que está trabajando en un disco de vallenatos clásicos acompañados por metales, algo como vallenatos clásicos sinfónicos. No cabe duda que Ismael es un gran acordeonista y un músico que lleva en el alma el vallenato.
Dejo un cachito del inicio de la parranda, grabada por mi. Luego la rumba fue in crecendo y terminó, por lo que sé, a las 2 de la mañana. Doctó y Zorombas se retiraron temprano a causa de un jetlag extremo.



Gracias con todo el corazón al Doctor Chacón, su bella esposa y sus hermosos siete hijos por tan memorable ágape, y gracias también al gran Ismael y su grupo. Qué mejor inicio de una semana inolvidable en tierras colombianas.

martes, 4 de agosto de 2009

Resaca de viaje (Parte I)


Comenzaré por el final. Qué difícil es regresar; lidiar con los aduaneros que me vieron cara de narcotraficante desde Barranquilla, tomar el taxi, deshacer la maleta, llegar a casa con una resaca de viaje.
Agripado, demacrado, con el estómago maltratado por la experimentación de sabores y texturas diferentes a las acostumbradas, con un alterón de ropa sucia y con un montón de imágenes, en la cámara y en la mente, volví de Ciudad de México y de la costa colombiana.
El Doctó me invitó muy amablemente a pasar una semana en su tierra; después de nueve años de ausencia pisaría de nueva cuenta tierras colombianas. Fue una semana aciaga, donde recorrimos más de 4oo kilómetros de costa, tierra adentro, desde Barranquilla hasta Montelíbano, al sur del Departamento de Córdoba, visitando primos, tíos y amigos. Comiendo, bebiendo y parrandeando. Terminé exhausto pero feliz, con un montón de sensaciones en mi corazón.
Como prólogo, pasé tres días en el DeFe, no más para calentar la garganta y el corazón. El primer día compartí un cacho de noche con la famosísima Nena Mostra, Doña Eme y el Emperador Galáctico, mis amigazos bloggers. Nos despedimos muy tarde y como dice Eme, hasta nos abrazamos del gusto. El día siguiente se lo dediqué a mi madre, quien me llevó a jugar tenis y a echar relajo como sólo ella sabe, y finalmente estuve en casa de Messié Le Kloss y su adorable familia. El viernes, me tomé unos tragos con mi compañero de correrías juveniles, JB; Tenía 15 años de no verlo.
El sábado a las cinco de la mañana salimos el Doctó y este zorombático rumbo a Barranquilla, vía Panamá. Comenzaba así una semana de viaje. Ya contaré más.

Ilustración: Eleazar (Sueños del Tercer Milenio I. 130x130 cm. Mixta/Tela)

martes, 21 de julio de 2009

La niña de Chimalistac


Había una vez una niña que vivía en Chimalistac, que por esos años era un suburbio, un semipueblo de la Ciudad de México. A la niña la mandaba su mamá a comprar carbón, porque la estufa no era de gas, el gas es un invento que se popularizó en México hasta los años sesenta, y desde entonces los frijoles nunca sabrían como cuando se guisaban en estufa de carbón.
La pequeña, que tendría unos ocho años, le gustaba ver. La niña era un petit voyeur. Salía corriendo de la casa y observaba los movimientos de cada uno de los habitantes del pueblo de Chimalistac en el trayecto hacia la carbonería: desde el carnicero hasta el cura que oficiaba en el Templo del Carmen, las sirvientas de las casas elegantes que iban a comprar las tortillas, y los borrachines que quedaban fulminados cerca de la cantina. Hacía dibujos mentales que luego contaba a su cuadrilla de amiguitos que se juntaban por las tardes, a escondidas, en la azotea de su casa; después arrojaban piedras al chofer del General, un vecino militar, y luego, cuando comenzaba a caer la noche, bailaba la danza del Yindio Verde.
Lo mejor de las excursiones a la carbonería era pasar junto a la Cantina El Encanto. Era como en las películas de vaqueros: tenía puertas giratorias y un letrero donde, a duras penas, podía leer "prohibida la entrada a mujeres, menores de edad y uniformados". Cuando pasaba junto a esa puerta de cantina, la invadía el olor acre del pulque, la cerveza rancia y los orines del mingitorio que estaba cerca de la entrada. Le daban unas ganas irresistibles de echar una mirada al interior del establecimiento; podía escuchar las palabrotas y las groserías de los albañiles, trabajadores de demolición del Pedregal y los demás parroquianos sedientos, pero ella quería verlos. Escucharlos sólo era el cebo de la excitación visual.
Un día, escuchó palabrotas más fuerte que otros días, además de ruidos como mesas, sillas y botellas que caen y se rompen. No pudo resistir la curiosidad y se agachó pecho-a-tierra atisbando por debajo de la puerta giratoria; la cantina se desplegaba frente a ella en technicolor y en gran angular. Vio como un albañil escupía un montón de maledicencias a un trabajador de la Compañía de Luz agobiado por los pulques, éste a su vez comenzó a aventar sillas, mesas y todo lo que encontraba a su paso y luego, el cantinero, a quien identificó por su mandil blanco, se interpuso entre ellos: "si se van a pelear, mátense, pero fuera de esta pulquería!" La niña se incorporó de un salto, y al verse en primera fila del improvisado ring callejero, se frotó las manos.
El albañil peleaba como un león y derribó a su rival en dos ocasiones, pero éste, un tanto más borracho, sacó un puñal que tenía escondido en el cinto y se lo hundió en la barriga. La niña alcanzó a escuchar el estertor sordo de las tripas del albañil y vio como una miasma púrpura salía a chorros de su vientre moreno. Su rival echó a correr cuando comenzaron a llegar los "tamarindos" y escapó de la escena. Uno de esos policías, cuando se percató que el albañil yacía muerto, preguntó a la audiencia que miraba al albañil, ya cadáver "¿alguien podría identificar a quien apuñaló a éste hombre?" y la niña levantó la mano y jaló aire para gritar un ¡¡¡yoooooooo!!! cuando la mano de Conchita, la carbonera, le tapó la boca sin que pudiera emitir más que un gemido que el policía no vio.
La niña tuvo pesadillas varias noches hasta que una mañana, en el colegio, una de las monjas del Simón Bolívar pidió que dibujaran lo que habían hecho en vacaciones. La niña contó con sus lápices de colores todas las aventuras de sus excursiones a la carbonería en un cuaderno de papel ledger; la composición la tituló "El bien y el mal" y de un lado dibujó un banco y a gente llevando su dinero ganado honradamente. Por ahí puso un Buick último modelo, como el del General, que se aleja del banco una vez depositados sus ahorros. Del otro lado del papel, dibujó a la Cantina El Encanto, tal y como se acordaba de ella; dibujó al policía de barrio con su uniforme de "tamarindo", a los borrachos, vagos y demás personajes que se hallaban por ahí, y en la parte inferior derecha, puso la escena del pleito fatal del albañil y el trabajador de la Compañía de Luz.
A partir de esa noche pudo volver a dormir sin pesadillas.

Haga click en la imagen para verla más grande.

La niña creció, se enamoró de un estudiante de medicina colombiano y se casó con él. Tuvo tres hijos; el mayor soy yo. La niña es mi madre. Ya no dibuja, pero borda vestiditos para niñas y con siete décadas a cuestas, juega tenis cuatro días a la semana. Ha ganado varios torneos de su categoría, inclusive fuera de México. Le siguen entusiasmando las cantinas y el tequila. Es una extraordinaria narradora de los pasajes de su infancia y juventud y me regaló hace poco su colección de dibujos de primaria, uno de los cuales llega hasta acá vía San Escáner. Este post va dedicado a mi Amá, con todo el amor que le puede dar su hijazo de su vidaza.