Hay un lugar, a unos 60 kilómetros al sur de Pueblo Nuevo, en que vive Juancho, este hipopótamo que se alimenta de zanahorias.
El lugar se es el Zooparque Los Caimanes, donde se crían las "babillas" o caimanes locales y es un zoo-parque que conserva fauna local y otras especies rescatadas de zoológicos y otras narco-colecciones. Las cigüeñas de arriba llegaron solas y están totalmente libres.
Este es un cebrallo: cruza de un caballo con una cebra, o yegua con cebro, a saber. Y la foto tiene algo de Magrite. Sin querer.
Una avestruz. En Colombia todavía no se comercializan sus productos como en México. Sólo se exhiben como animales de ornato. Su carne es deliciosa y baja en colesterol.
Ganado costeño. Esta vaca resultó la top model que estaba esperando; vean que hermosa está... esa mirada lánguida lo dice todo.
Esta es la lora de mi Tía Sonia en Pueblo Nuevo. Sólo le falta hablar latín. Se llama Ana.
Un arcángel en el cementerio de Pueblo Nuevo custodiado por un pajarito. ¿O será al revés?
Definitivamente, algunos costeños escriben como hablan... Jeremías, tu no has mueto! No, pus no.
Niéguenme que esto no es una joya... Descanse en paz Mr. Nixon, quien iba a decir que lo iba a encontrar por acá.
Hace mucho, en alguna de las parrandas que el Doctó daba en casa, escuché una muy sesuda definición del comportamiento del costeño: "Cuando es a comé, es a comé. Cuando es a tomá, es a tomá. Cuando es a bailá, es a bailá... Pero cuando es a peliá, ¡es a corré!".
Comencemos por la comida. Éste es un desayuno típico de la Costa Caribe: arepa de huevo (el huevo va revuelto adentro de la arepa), bollo, chicharrones de puerco y yuca.
La yuca puede ser "espichaá" (aplastada) con suero. Así la come mi querida prima Nana. Este plato es un tanto frugal; faltan las carimañolas y los infaltables patacones. El lugar donde lo comí se llama "Narcobollos", tal vez el mejor y más típico restaurante de comida costeña.
El pescado es otro ingrediente de la comida. Estos son unos bagres pescados por la mañana en el río San Jorge. Se cortan en postas y se fríen en aceite. Sólo eso. Prácticamente no tienen espinas. Los bagres llegan a medir entre uno y metro y medio. El Doctó afirma que cuando él los pescaba llegó a atrapar uno de dos metros. Eso dice.
Pero lo que realmente enloquece al costeño es el sancocho de gallina; un caldo con yuca, plátano, verduras y... gallina. Delicioso.
La Costa, en especial los departamentos de Córdoba y Sucre, son altamente ganaderos. Mucha carne y leche costeña abastece el interior colombiano y Venezuela.
En algunas fincas se ven pastar búfalos de agua; se adaptan bien a terrenos inundados, son dóciles y dan una leche muy rica en grasas.
Últimamente han proliferado las motos en todas las ciudades y pueblos costeños. Circular en Sincelejo es un verdadero desafío. También existen las taxi-motos, motos de alquiler que lo llevan a cualquier parte... Y con cualquier tipo de carga. Ahora que si lo que busca es comodidad, el "bus" es lo suyo.
SOTRACOR (Sociedad de Transportes de Córdoba) da servicio entre todas las comunidades costeñas. Alguna vez, algún primo me dijo que en realidad SOTRACOR significaba "Sólo TransportaosCorronchos". El corroncho es aquel que no tiene mundo ni clase, es el equivalente costeño del "naco" mexicano.
Otro protagonista importante de la vida costeña son las burritas; muy queridas y apreciadas por los muchachos que despiertan a la vida y a los instintos carnales. Hay un viejo chiste que dice que nunca ha habido un presidente costeño, ya que la primera dama tendría que ser una burra.
De cualquier modo, ya están en el imaginario popular de la cultura costeña, como lo constatan estas soberbias piezas de artesanía que encontré en el mercado de Montería.
Cuando era niño no me gustaba la carne de res. A mis hermanas tampoco. El Doctó siempre se enojaba cuando mi madre reclamaba que no comíamos. El Doctó tenía siempre una sentencia infalible: "¿Qué harían utedes en una guerra?" espetaba, "Cuando el Pirata Morgan sitió Cartagena de Indias sólo había ratas pa'comé... ¡y se las tuvieron que comé! ¡Así que come! ¿O cuál es la vaina?". El Doctó siempre ha tenido una pedagogía sui generis.
Muchos años después, un domingo por la mañana, llegamos a Cartagena de Indias. Rodrigo Bastidas la bautizó así en 1502 porque la bahía le pareció tan cerrada que le recordó a la Cartagena andaluza.
De hecho, la ciudad vieja de Cartagena es un intenso recuerdo andaluz. La ciudad con once kilómetros de muralla aguantó los embates de Francis Drake, Lucien Leclerq y Henry John Morgan. En marzo de 1741 la ciudad fue sitiada por las tropas del almirante inglés Edward Vernon, que arribó con una escuadra de 186 navíos y 23,600 hombres (la flota más grande reunida hasta entonces y que no sería superada hasta el Desembarco de Normandía). El Doctó tenía razón con aquello de la comida.
Lo que hacía tan especial a Cartagena era que de ese puerto salía todo el oro de Sudamérica a España, además de que era el centro distribuidor de esclavos más importante; se calcula que en la construcción de la muralla participaron más de 200 mil esclavos africanos.
Esta hermosa negra vendía artesanía en plata. Accedió gustosa a que le tomara fotos y al final nos decía "Blanco, cómprame una joyita, pero no pa'la esposa, llévale a la novia o a la amante, a la que te hace gozá".
Ahora que si lo que usted busca son esmeraldas, ha llegado al lugar correcto; Don Luis Caballero tiene un próspero taller y fábrica de joyas donde podrá encontrar ese souvenir para... quien usted guste. Esmeraldas de todos tamaños y precios, joyas de todo tipo y si no hay nada de su agrado, Don Luis la fabrica y se la envía. Es un gran anfitrión.
Para esas hora ya comenzaba a dar sed. La Plaza de Santo Domingo es tal vez, mi lugar favorito en la ciudad antigua. Decidimos tomarla como base de operaciones; tenía lo indispensable: cerveza, baños, sombra y mucho ambiente.
Además ahí vive esta maravillosa Gorda de Botero.
Justo enfrente de la Iglesia de San Pedro Mártir.
Pero la ciudad va contando cosas conforme se le va explorando. Como lo que vivían Florentino Ariza y Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.
Tal vez por estas calles, hace un siglo, caminaron esos personajes imaginarios.
Pero ciertamente, la ciudad es inspiradora para contar historias de amor y pasión.
Caía la tarde y caminamos fotografiando los balcones de Cartagena.
Los hay de todo tipo. Inclusive algunos están en espera de restauración.
Pero el Doctó ya estaba en otra cosa...
Ya no le interesaba ver balcones.
Yo seguía absorto en la ciudad, metiéndome por donde veía incidencias interesantes, como este escultor, Carlos Restrepo, quien estaba tallando una sirena magnífica.
Al final, volvimos a la Plaza de Santo Domingo. Ya era de noche y comenzó la rumba. Tomamos un par de cervezas más disfrutando del ambiente y de la hospitalidad de los cartageneros. Terminaba nuestro sitio de un día completo en la antigua ciudad amurallada.
Barranquilla es la puerta de entrada a la Costa Colombiana. El río Magdalena, el más grande de Colombia desemboca ahí; tal vez por esa razón la vieja copla currambera dice "se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla". Después de una desmañanada bárbara y un infausto viaje vía Panamá, llegamos a la Costa Atlántica al medio día. Yo no se que tengo; los aduaneros se dan vuelo conmigo, como que les encanto o probablemente tengo tipo sospechoso. Irremediablemente soy el que tiene que abrir la maleta, explicar qué hace para ganarse el pan, que no pertenece a ninguna corriente política ni es vecino de Lucía Morett y que no tiene vínculo alguno con el tráfico de sustancias ni resorteras para las FARC. La culpa la tuvo la Consorte por empacar de modo sospechoso mis pantunflas y mi piyama de rayitas. Tal vez sin querer, urdió un complot en mi contra. Salvado este obstáculo, nos adentramos a Barranquilla, pero la visita era social y teníamos una invitación a casa de un buen amigo del Doctó. El Doctor Chacón y su familia nos recibió como si fuéramos reyes aztecas. Hubo cabrito para comer, pero no el clásico chivo de Monterrey, sino un pescado típico de la Costa Colombiana que se llama “bocachico”. Este se rellena con verduras y luego se cocina a las brasas. Es delicioso y se acompaña con todas las delicias típicas de la Costa: arroz con “pegaíto”, yuca, patacones, suero, arepas y bollos. Después de tan suculenta comida, quedé boqueando como “bocachico”. Pero venía la sorpresa: sin anuncio previo, apareció un acordeón y comenzó la parranda. Los costeños son así; a la menor provocación inician la fiesta. Comenzó la música de acordeón, me relajé y empecé a sentir Colombia, la tierra de mi padre y de alguna manera, mi otra tierra. Colombia y la Costa no serían como son si no existiera el vallenato, este género autóctono de Valledupar en que con un acordeón diatónico, una caja, una guacharaca y la voz del cantante, se crea una melodía contagiosa, bailable y la mayoría de las veces hermosa y honda. La música vallenata refleja como una radiografía cultural al costeño. El vallenato siempre cuenta una historia como lo hacen los habitantes de la Costa Caribe cuando salen al porche de sus casas a recibir el fresco de la tarde. No he conocido aún a un costeño triste o taciturno; todos, sin excepción, son alegres y bullangueros, justo como lo es su música. Cuentan los que saben que Francisco "El Hombre", cuyo verdadero nombre era Francisco Moscote, era un “mensajero” que hacía la ruta entre los pueblos de las sabanas del Cesar y La Guajira a lomo de burro, hace muchos años, llevando noticias y recados a todos los pueblos de la región. Era un juglar noticioso armado de su acordeón. Gabriel GarcíaMárquez hace muchas referencias de él en varias de sus novelas, sobretodo porque, cuenta la leyenda, Moscote desafió al mismo Diablo con sus coplas vallenatas, venciéndole. Los costeños, para algunas cosas, son irreductibles vencedores.
Ismael Rudas es un vallenato retirado, ahora es productor musical y solo toca en parrandas privadas como ésta. Nos comentó que está trabajando en un disco de vallenatos clásicos acompañados por metales, algo como vallenatos clásicos sinfónicos. No cabe duda que Ismael es un gran acordeonista y un músico que lleva en el alma el vallenato. Dejo un cachito del inicio de la parranda, grabada por mi. Luego la rumba fue increcendo y terminó, por lo que sé, a las 2 de la mañana. Doctó y Zorombas se retiraron temprano a causa de un jetlag extremo.
Gracias con todo el corazón al Doctor Chacón, su bella esposa y sus hermosos siete hijos por tan memorable ágape, y gracias también al gran Ismael y su grupo. Qué mejor inicio de una semana inolvidable en tierras colombianas.
Comenzaré por el final. Qué difícil es regresar; lidiar con los aduaneros que me vieron cara de narcotraficante desde Barranquilla, tomar el taxi, deshacer la maleta, llegar a casa con una resaca de viaje. Agripado, demacrado, con el estómago maltratado por la experimentación de sabores y texturas diferentes a las acostumbradas, con un alterón de ropa sucia y con un montón de imágenes, en la cámara y en la mente, volví de Ciudad de México y de la costa colombiana. El Doctó me invitó muy amablemente a pasar una semana en su tierra; después de nueve años de ausencia pisaría de nueva cuenta tierras colombianas. Fue una semana aciaga, donde recorrimos más de 4oo kilómetros de costa, tierra adentro, desde Barranquilla hasta Montelíbano, al sur del Departamento de Córdoba, visitando primos, tíos y amigos. Comiendo, bebiendo y parrandeando. Terminé exhausto pero feliz, con un montón de sensaciones en mi corazón. Como prólogo, pasé tres días en el DeFe, no más para calentar la garganta y el corazón. El primer día compartí un cacho de noche con la famosísima Nena Mostra, Doña Eme y el Emperador Galáctico, mis amigazos bloggers. Nos despedimos muy tarde y como dice Eme, hasta nos abrazamos del gusto. El día siguiente se lo dediqué a mi madre, quien me llevó a jugar tenis y a echar relajo como sólo ella sabe, y finalmente estuve en casa de Messié Le Kloss y su adorable familia. El viernes, me tomé unos tragos con mi compañero de correrías juveniles, JB; Tenía 15 años de no verlo. El sábado a las cinco de la mañana salimos el Doctó y este zorombático rumbo a Barranquilla, vía Panamá. Comenzaba así una semana de viaje. Ya contaré más.
Ilustración: Eleazar (Sueños del Tercer Milenio I. 130x130 cm. Mixta/Tela)
Había una vez una niña que vivía en Chimalistac, que por esos años era un suburbio, un semipueblo de la Ciudad de México. A la niña la mandaba su mamá a comprar carbón, porque la estufa no era de gas, el gas es un invento que se popularizó en México hasta los años sesenta, y desde entonces los frijoles nunca sabrían como cuando se guisaban en estufa de carbón. La pequeña, que tendría unos ocho años, le gustaba ver. La niña era un petit voyeur. Salía corriendo de la casa y observaba los movimientos de cada uno de los habitantes del pueblo de Chimalistac en el trayecto hacia la carbonería: desde el carnicero hasta el cura que oficiaba en el Templo del Carmen, las sirvientas de las casas elegantes que iban a comprar las tortillas, y los borrachines que quedaban fulminados cerca de la cantina. Hacía dibujos mentales que luego contaba a su cuadrilla de amiguitos que se juntaban por las tardes, a escondidas, en la azotea de su casa; después arrojaban piedras al chofer del General, un vecino militar, y luego, cuando comenzaba a caer la noche, bailaba la danza del Yindio Verde. Lo mejor de las excursiones a la carbonería era pasar junto a la Cantina El Encanto. Era como en las películas de vaqueros: tenía puertas giratorias y un letrero donde, a duras penas, podía leer "prohibida la entrada a mujeres, menores de edad y uniformados". Cuando pasaba junto a esa puerta de cantina, la invadía el olor acre del pulque, la cerveza rancia y los orines del mingitorio que estaba cerca de la entrada. Le daban unas ganas irresistibles de echar una mirada al interior del establecimiento; podía escuchar las palabrotas y las groserías de los albañiles, trabajadores de demolición del Pedregal y los demás parroquianos sedientos, pero ella quería verlos. Escucharlos sólo era el cebo de la excitación visual. Un día, escuchó palabrotas más fuerte que otros días, además de ruidos como mesas, sillas y botellas que caen y se rompen. No pudo resistir la curiosidad y se agachó pecho-a-tierra atisbando por debajo de la puerta giratoria; la cantina se desplegaba frente a ella en technicolor y en gran angular. Vio como un albañil escupía un montón de maledicencias a un trabajador de la Compañía de Luz agobiado por los pulques, éste a su vez comenzó a aventar sillas, mesas y todo lo que encontraba a su paso y luego, el cantinero, a quien identificó por su mandil blanco, se interpuso entre ellos: "si se van a pelear, mátense, pero fuera de esta pulquería!" La niña se incorporó de un salto, y al verse en primera fila del improvisado ring callejero, se frotó las manos. El albañil peleaba como un león y derribó a su rival en dos ocasiones, pero éste, un tanto más borracho, sacó un puñal que tenía escondido en el cinto y se lo hundió en la barriga. La niña alcanzó a escuchar el estertor sordo de las tripas del albañil y vio como una miasma púrpura salía a chorros de su vientre moreno. Su rival echó a correr cuando comenzaron a llegar los "tamarindos" y escapó de la escena. Uno de esos policías, cuando se percató que el albañil yacía muerto, preguntó a la audiencia que miraba al albañil, ya cadáver "¿alguien podría identificar a quien apuñaló a éste hombre?" y la niña levantó la mano y jaló aire para gritar un ¡¡¡yoooooooo!!! cuando la mano de Conchita, la carbonera, le tapó la boca sin que pudiera emitir más que un gemido que el policía no vio. La niña tuvo pesadillas varias noches hasta que una mañana, en el colegio, una de las monjas del Simón Bolívar pidió que dibujaran lo que habían hecho en vacaciones. La niña contó con sus lápices de colores todas las aventuras de sus excursiones a la carbonería en un cuaderno de papel ledger; la composición la tituló "El bien y el mal" y de un lado dibujó un banco y a gente llevando su dinero ganado honradamente. Por ahí puso un Buick último modelo, como el del General, que se aleja del banco una vez depositados sus ahorros. Del otro lado del papel, dibujó a la Cantina El Encanto, tal y como se acordaba de ella; dibujó al policía de barrio con su uniforme de "tamarindo", a los borrachos, vagos y demás personajes que se hallaban por ahí, y en la parte inferior derecha, puso la escena del pleito fatal del albañil y el trabajador de la Compañía de Luz. A partir de esa noche pudo volver a dormir sin pesadillas.
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La niña creció, se enamoró de un estudiante de medicina colombiano y se casó con él. Tuvo tres hijos; el mayor soy yo. La niña es mi madre. Ya no dibuja, pero borda vestiditos para niñas y con siete décadas a cuestas, juega tenis cuatro días a la semana. Ha ganado varios torneos de su categoría, inclusive fuera de México. Le siguen entusiasmando las cantinas y el tequila. Es una extraordinaria narradora de los pasajes de su infancia y juventud y me regaló hace poco su colección de dibujos de primaria, uno de los cuales llega hasta acá vía San Escáner. Este post va dedicado a mi Amá, con todo el amor que le puede dar su hijazo de su vidaza.
Te fuiste sin avisar. Muy rápido. Irremediablemente.
Tan rápido que todavía puedo escuchar tu voz al teléfono en mi oído. Tu risa. Tu voz de siempre, de amiga, de madre, de consejera. Tu voz solidaria.
Te fuiste muy rápido, pero dejas un recuerdo muy hondo. Querida amiga. Tu terquedad me regaló a la mujer que amo y con quien vivo. Querida siempre.
Y ahora, que comienzo a asimilar la naturalidad de tu partida, me queda tu póstuma lección; vivir como nunca, vivir como si fuese el último día y nunca olvidar decir "te quiero mucho".
Quienes hemos tenido la suerte y la dicha de ver un toro de lidia en el campo bravo no podemos nunca dejar de admirar su majestad. No hay animal más gallardo y valiente que él. En las ganaderías y a la distancia, el bravo pasta tranquilamente, rodeado de sus camaradas si es un utrero, es decir que tiene tres años y está por lidiarse como novillo, o como toro; al cumplir la fecha exacta de su mayoría de edad taurina: cuatro años. Los utreros y cuatreños son apartados y pastan entre ellos, no hay hembras de pormedio. Solo los sementales o los toros indultados tienen el privilegio de pacer con sus vacas, con el objetivo de "padrear" o "cubrir" a su harem. Puede estar el animal pastando tranquilamente, pero en el momento en que "siente" algo raro, levantará la cabeza y mirará de fijo al intruso, a riesgo de embestir, si se encuentra solo y acosado. No hay animal más bello que el toro de lidia del campo bravo. Tal vez por esta razón en 1956, la agencia publicitaria Azor, realizó por encargo de la casa Osborne, una valla publicitaria para promocionar el Brandy Veterano. Manolo Prieto fue el encargado de dibujar el primer toro, que desde entonces pasta altivo en muchas carreteras de España y que a la postre se convertiría en un símbolo de la España Cañí. Han pasado muchos años y el astado ha generado su historia y su polémica, al grado de que algunos españoles lo consideran un ícono patrio; sin embargo, algunos otros, como los catalanes, no están tan de acuerdo con ello.
Algunos lo han grafiteado y en otra ocasión le cambiaron el sexo convirtiéndolo en vaca lechera con ubres y todo. Pero el toro ha sido una fuente de inspiración para artistas como Dalí, Pedro Almodovar y Bigas Luna; de éste último, resulta inolvidable aquella escena de Jamón Jamón (1992) en la que Javier Bardem le pega un arrimón de miedo a la debutante y turgente Penélope Cruz bajo un enorme toro de Osborne. Vaya faena.
Actualmente hay 90 toros diseminados por las carreteras españolas y en la mayoría de las provincias, la que más tiene es Andalucía, por obvias razones, con 23 toros; Catalunya tiene uno, el cual ha protagonizado varios derribos y levantones desde el 2004. El toro ha esparcido su simiente y también hay algunas cuantas vayas en México, sólo que acá se anuncia el Brandy Magno en ellos, y como estamos en México, es un toro más chico y más "criollo"; las vallas en España miden catorce metros de altura mientras que en las carreteras mexicanas los toros alcanzan no más de seis metros; ¿alguna coincidencia con los perri-toros que se lidian en nuestro país?. Recuerdo algunos toros de Brandy Magno en la autopista México-Puebla, un poco antes de llegar a la fábrica de VolksWagen, otro en la autopista a Cuernavaca, en la planicie que está antes de llegar a Tres Marías, y uno más en la autopista a Querétaro, pasando la caseta de Palmillas. Siempre me emociona verlos, mi sangre torera se me revuelve todita aunque estén pequeñitos, también recuerdo la escena de Penélope Cruz en Jamón Jamón, solo que en México tendría que ser con Salma Hayek, y tal vez la película debería llamarse Chicharrón Chicharrón. Por eso, por la belleza del toro bravo en el campo abierto, por los recuerdos, por la España Cañí, por la buena publicidad y las vueltas del marketing, es que la cabecera del bló del Zorombático se robó un toro de catorce metros, puro encaste de Morube, negro zaíno, cinqueño, bien puesto y con el pitón derecho escobillado, que observa en lontananza a los cuatro incautos que caen a leer de vez en cuando. Sirva también para festejar los cien post escritos, que han sido como cien toros toreados; algunos se han dejado echar mano, otros me han hecho... "sudar tinta".
Había una vez una Revolución Mexicana que tuvo un caudillo, se llamaba Francisco I. Madero, pero lo mató Victoriano Huerta, a Huerta lo mató Carranza, a Carranza lo asesinó Álvaro Obregón y a éste, lo mandó matar Plutarco Elías Calles. Lo sensacional de la historia es que todos menos Huerta, son héroes nacionales y hay calles y delegaciones con sus nombres. De la Revolución nació un partido que se llama PRI, gobernó setenta años. En ese lapso, México perdió su autonomía alimentaria en 1969, justo al terminar el mandato de Díaz Ordaz. Luis Echeverría mandó matar a miles de estudiantes y disidentes de su gobierno. Así como mató, robó, y sus crímenes siguen impunes. José López Portillo tuvo un lema al iniciar su mandato: "vamos a administrar la abundancia", para cuando terminó, dejó para la posteridad su célebre frase: "ya nos saquearon... no nos volverán a saquear" y lloró como un perro. Para qué sigo con los priístas... voy a demorar mucho denunciando barrabasadas históricas. Había una vez una palabrita que se puso de moda a finales del siglo pasado: democracia. Y la estrenó el PAN con un presidente con botas, cuya mujer terminó gobernándolo a él, y al país. Había una vez un candidato del PRD que se pasa por el arco del triunfo a las instituciones, a su propio partido y a las propias leyes, se llama Manuel Andrés López Obrador (MALO). Había una vez un montón de partiditos chiquitos, llenos de refugiados de los tres partidos "grandes", que son un negocio redondo para quienes los fundan, que obtienen solo el 2% de los votos del electorado total. Había una vez un país en el cual el voto de un ciudadano cuesta $178 pesos ($13.32 dólares) y tiene una cámara de diputados y otra de senadores que no legislan. Había una vez una exmedallista olímpica que al terminar su carrera deportiva quiere ser delegada en una ciudad en la cual nunca ha vivido. Había una vez un país, que dice que tiene democracia y no puede ofrecer absolutamente nada bueno a los electores, en las elecciones del 5 de julio. Había una vez un país en total estancamiento político. FIN Ilustración: Zócalo-Saltillo
Cuando era un chavalillo me gustaba ir a la casa de la abuela en bici. Era una aventura de unos 6 kilómetros de mi casa a su casa. La abuela ejercía una extraña fascinación en mí, por lo que a pesar de que sólo tenía 11 años, no me daba miedo circular en mi bici Benotto amarilla en una "calzada" altamente transitada por camiones y "peseros" para llegar hasta la casa de la abuelita, que me recibía en su delantal cotidiano, feliz de la vida de que uno de sus doscientos nietos la visitara en alguna mañana cualquiera de verano y sin previo aviso. Además yo era el consentido de la abuela y algunas tías debido a mis naturales encantos (algunos persisten hasta ahora, believe it or not). Después de retacarme de comida y dulces, la abuela retomaba sus actividades diarias como alimentar a sus canarios o hacer carpetas de crochet y ganchillo. En una ocasión se me ocurrió preguntarle acerca de la Revolución Mexicana, la cual era asignatura pendiente en el quinto de primaria que cursaba. Recuerdo que me quedé patidifuso porque la abuela dejó el ganchillo, se puso seria y se soltó un par de horas hablando de su vida de niña en los tiempos de la Revolución. En mi mente de niño, pensaba que eso había sucedido hacía miles de años, confundiéndose casi, con la era mesozoica. Un niño no concibe que su abuela fue niña; a los abuelos se los imagina que siempre fueron viejitos. La abuela me habló de balazos, cañonazos, muertos en la calle y de cómo su madre tuvo que esconder en un convento a sus hijos durante la Decena Trágica; también habló de un señor que pasó una vez a unos metros de ella, chaparrito pero con mucho carácter, que se llamaba Francisco Madero. Mi mente hizo clic con lo que me habían dicho en la escuela, ¡ese Madero era el mismo que el de la clase de historia! La abuela siguió contándome cuentos que por primera vez cobraban sentido, y conforme describía al personaje yo recordaba la clase de historia y dibujaba al chaparrito como lo describía mi abuela, con sus botas, sus espuelas, su carabina y sus barbas, sin imaginar que tal vez estaba haciendo mi primera nota gráfica, la cual completaría muchos años después en este bló. Es el único dibujo que conservo de cuando era niño; dibujaba mucho, unos dos o tres al día y la mayoría los regalaba como éste que se lo di a la abuela ese día y regresó a mí, vía una tía, antes de venir a vivir a Cancún. Era 1977, la abuela murió en 1982 con más de ochenta historias de la Revolución a cuestas.